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Sarajevo, mi ciudad favorita de los Balcanes

Tras abandonar Zagreb a las 12 de la noche, dormiría un par de horas hasta ser despertado por el conductor del autobús...había que bajarse, pues acabábamos de llegar a la frontera bosnia y tocaba control de pasaportes.


Al atravesar la frontera bosnia, el ambiente cambiaría por completo...pronto divisaríamos los primeros minaretes de las mezquitas..los carteles comenzaban a estar en cirílico, y el paisaje, a la vez que las carreteras, comenzaba a ser cada vez más sinuoso. 


Tras atravesar ciudades como Gradiska, Banja Luka o Travnik, llegaría a Sarajevo a primera hora de la mañana.


Panorámica de Sarajevo

Con una población cercana a los 400.000 habitantes, Sarajevo es la capital y ciudad más poblaza de Bosnia y Herzegovina. Etimológicamente, el nombre de la ciudad proviene de las palabras otomanas ''saray'' (palacio) y ''jedive'' (virrey), por lo que su significado vendría a ser ''el palacio del gobernador''.


Bañada por el río Miljacka, una de las cosas que primero llaman la atención de Sarajevo es su ubicación geográfica...en un valle situado en plenos Alpes Dináricos, y a pocos metros de picos como el Treskavica, de más de 2000 metros de altitud...por ello, Sarajevo es una ciudad muy verde, construída sobre el relieve de las montañas, y con barrios que, a distintas alturas, parecen entremezclarse con la vegetación del bosque.


Los orígenes de Sarajevo se remontan al siglo XV, época en la que el Imperio Otomano fundaría la ciudad...por ello, gran parte de su esencia se encuentra en la zona de Baščaršija, el barrio turco, donde tendremos la sensación de viajar a otra época...bazares, mezquitas, tiendas artesanales, y pequeños restaurantes en los que por menos de 3€ podemos degustar algunas de las especialidades bosnias como el burek o el čevapčiči.



Plaza Baščaršija, en la zona otomana

El corazón del barrio de Baščaršija es la plaza con el mismo nombre, en la que nos encontramos con uno de los símbolos de la ciudad, el Sebilj. Se trata de una fuente de madera y piedra construída en forma de kiosco en el año 1753, que según la leyenda, otorga a todo viajero que de ella beba la oportunidad de volver algún día a la ciudad.


Otra visita obligada en el barrio turco es a alguna de sus muchas mezquitas, como la Ferhadija, la Gazi-Husrevbey o la Muslihudin, construídas a principios del siglo XVI. Una de las primeras sensaciones que percibí en Sarajevo, y que confirmé con el paso de los días, sería la de su tolerancia religiosa...parece una contradicción en un lugar tan marcado por la guerra, pero lo cierto es que mezquitas, iglesias ortodoxas, católicas y sinagogas convivían a pocos metros unas de otras con absoluta normalidad.


Fuente Sebilj, construída en 1753

Tras pasar gran parte del día en el barrio turco, y visitar otros lugares de interés como la Biblioteca de Sarajevo, reconstruída a causa de los desperfectos que ocasionaron los bombardeos de los años 90, continué mi camino en dirección norte, para, a través de pequeños callejones, llegar a una de las colinas que bordean la ciudad. En tan solo 15 minutos llegué a un mirador con una vista excelente...los minaretes de las mezquitas, el río Miljacka, o centenares de cruces blancas de los cementerios de los alrededores formaban una de las panorámicas más impactantes que había visto.


Al día siguiente, madrugaría para seguir el cauce del río hasta llegar a otro de los símbolos de Sarajevo, el Puente Latino. Construído a mediados del siglo XVI, este puente de piedra (originalmente de madera) es uno de los más importante de la ciudad, y a buen seguro, el más simbólico. Junto a él, el 28 de junio de 1914, se produciría uno de los acontecimientos que marcarían la historia del siglo XX, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, acto que marcaría el comienzo de la Primera Guerra Mundial.


Puente Latino, sobre el río Miljacka

Tras cruzar el puente y detenerme en la placa que recuerda el lugar exacto en el que se produjo el incidente, echaría un vistazo al Museo Sarajevo 1878 - 1918, en el que se muestran fotografías, documentos y objetos relacionados con el Imperio austrohúngaro, la vida del archiduque o el transcurso del atentado.


Caminando en dirección al centro histórico, entraría en la calle Ferhadija, una avenida que une el barrio turco con la parte más moderna de la ciudad. Se trata de una zona con edificios, en su mayoría, de estilo clásico, y con comercios más ''europeos'' que los que encontramos en Baščaršija...hoteles, agencias de viajes, cafeterías, tiendas de ropa..en ella parece que, en sólo 5 minutos, viajamos de un barrio de Estambúl a otro de Viena o Budapest.


En sus inmediaciones, encontramos algunos de los templos más importantes de la ciudad, como la Catedral católica del Sagrado Corazón, de estilos  neogótico y neorrománico, construída a finales del siglo XIX, o la Catedral ortodoxa serbia, de estilo barroco, y construída apenas unos años antes, en 1874.



Catedral ortodoxa serbia

Los días en Sarajevo transcurrían con tranquilidad...había algo que hacía de la ciudad un lugar mágico, diferente, y pasear por sus barrios, parques...se convertía a menudo en una lección de historia, pues casi en cada esquina había una placa conmemorativa en recuerdo de un acontecimiento que allí había sucedido.


Recuerdo como un día, al caminar hacia la estación para comprar los billetes para mi próximo destino, atravesaría una zona cuyos edificios presentaban innumerables agujeros de bala, incluso boquetes provocados por los obuses o artillería pesada...y la gente, ya sean ancianos, niños..vivía en ese entorno con total normalidad, acostumbrados a ese paisaje, y lo más importante, con una sonrisa de oreja a oreja...y es que Sarajevo, a pesar de lo que ha sufrido, no resulta una ciudad triste...



Cartel de bienvenida a la ciudad

A lo largo de los días que pasé en la ciudad, ninguno de los habitantes con los que hablé, ya sean camareros, taxistas o empleados de la oficina de información turística me transmitiría una idea triste, no me hablarían de la guerra, ni de sufrimiento...sino de fútbol, gastronomía, del orgullo que supuso al país celebrar los juegos de invierno del 84, de lugares que visitar...y esa es la lección que aprendí de Sarajevo...que hay que recordar el pasado, aprender de él...pero sobre todo sonreír, mirar al futuro, pues a buen seguro lo mejor está por venir.


Tras despedirme de Sarajevo, emprendería el camino hacia la estación central, donde a primera hora de la mañana me esperaba un autobús hacia mi próximo destino..un nuevo país, una nueva capital...Belgrado.